La otoscopia es una prueba sencilla e indolora que nos permite visualizar el conducto auditivo externo y la membrana timpánica.

Es fundamental realizarla antes de cualquier valoración audiológica para asegurar la condición óptima de estas estructuras, de cara a poder realizar la audiometría y obtener los resultados más fiables.

Para ello, se suele utilizar un instrumento denominado otoscopio, que está conformado por un mango y un cabezal. El mango nos permite sujetar y manipular el otoscopio con comodidad durante la exploración, mientras que el cabezal cuenta con una fuente de luz y una lupa pequeña que nos facilita la visualización de las estructuras. La parte que se introduce dentro del oído es un espéculo en forma de cono, existiendo varios tamaños en función del diámetro de la entrada del conducto auditivo. Se acopla al cabezal, que se desecha tras cada paciente, asegurando las medidas higiénicas.

Gracias a la luz y el aumento que nos proporciona el otoscopio, podremos ver en qué estado se encuentra el interior del conducto, lo que nos permite descartar la presencia de cerumen u otras sustancias (piel, moco, etc), así como valorar la condición de la membrana timpánica.